domingo, 3 de marzo de 2013

El Entierro de la Última Bruja

1

Ese era el último momento, los últimos instantes de vida. Aprisionada en un calabozo, con una severa pulmonía mitigando sus pulmones y una desesperanza inscripta en su demacrado rostro. Las paredes estaba hechas de barro, estampadas con moho y olores fétidos de orines y sudor. El pueblo de allá afuera aclamaba a gritos la salida de Kamuria; sus vestimentas estaban sucias por el lodo, apestaban a pescado descompuesto y carecían de dientes en sus descuidadas dentaduras.

Un hombre pulcro y bien vestido salió a una plataforma de madera, que semejaba un escenario, leyó brevemente un trozo de pergamino, dictando la sentencia que la abnegada Kamuria desconocía: su cabeza rodaría, una vez que el filo de la guillotina atraviese grotescamente su cuello.




2

Estaba inconsciente, por lo menos hasta que percibí un lejano eco que poco a poco se iba engrandeciendo, volviéndose insoportable. Ah, se oían como un tumulto de gente encolerizada, pidiendo apasionadamente mi cabeza como prueba de muerte. Que desgracia, no fue un sueño.

Llevo muchos días aislada en este calabozo, desconozco cuantos con exactitud. Mi encierro fue simplemente por ser una persona diferente. Aunque el gordo arzobispo prefiere llamarme "bruja", arrastrando las palabras con asco y alarmante fascinación en sus ojos.

Uno de los guardias llegó, sonrió de una manera que me hizo sentir incómoda. Abrió la celda, y con una violenta patada me sacó de ella, dejándome caer en bruces contra el suelo. Escuché una risa estridente que inundo el lugar: era la risa del guardia, su risa intoxicante parecía una dedicación exclusiva a mi infortunio.

Con su arma puntiaguda, que se enterraba suavemente en mi espalda ocasionalmente, me llevó hasta la salida de las mazmorras… no dirigíamos a la tarima, donde mi sentencia ya ha condenado mi cuello… un púlpito sería más adecuado. Miré a los pueblerinos excitarse al verme subir y pasar peligrosamente por la guillotina. No tengo motivos para enojarme, sólo son tontos ignorantes, esclavos de timadores que venden esperanzas irrealizables.

3

Jalé la gastada falda de mi madre muchas veces, miraba curiosa a los muchos señores y señoras que se reunían. Cada vez más y más llegaban, se amontonaban. Mamá se quedó callada por mucho tiempo, aunque se quedaba mirándome. Luego me dijo algo como:
"Van a darle el entierro a la herejía, porque la última bruja va a caer"; No entendí lo que quiso decirme, pero ya había ido a varios entierros antes.

Rato después, los señores y señoras gritaron mucho, el grito me asustó y busque de nuevo la falda de mi mamá… pero no encontré a la falda por ningún lugar, y tampoco a mi mamá. Asustada, camine por todos lugares, buscándola, pero no vi su falda mientras caminaba.

Luego, debajo de mis pies encontré algo, estaba lleno de pelos y piel.
―Oh, una cabeza― Dije mientras me arrodillaba para tocar la blanca piel que estaba debajo del cabello. Ya conocía éstas cabezas, cuando era más pequeña sacaban muchas de esas, y eso hacía muy feliz a la gente. Ahora ya casi no había cabezas, y por eso los señores y señoras están un poco más tristes que antes.

Tomé la cabeza y me la llevé al bosque, recordé que iban a enterrar a la herejía con la caída de la última bruja. Las cabezas caen, entonces la cabeza es de una bruja. La cabeza debió ser de la herejía, porque las cabezas son de gente muerta, entonces la herejía es una bruja.

No podía enterrarla en el patio, porque  ahí se sembraba el centeno y mi padre pensaría que estoy intentando sembrar cabezas, cuando en realidad sólo quiero enterrarla. Guardé la cabeza en la madriguera de un zorro que nos desayunamos hace una semana, le tiré un poco de tierra y me fui de regreso a la reunión de los señores. Di de saltitos y tarareaba la canción nueva que nos enseñaron en la iglesia. Mamá dirá que Ann es una buena niña, las monjas también lo dirán, y el arzobispo gordo dejará de regañar y mirarme de manera extraña.







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