domingo, 3 de octubre de 2010

Soy como aquello que denominan "Insensibilidad".

Insensibilidad.


Fue como una voz dulce que expedía por detrás de las máscaras ajenas. Las atajaba y rompía con cruel ingenuidad delante de mis ojos.

Pero mis ojos eran tan fúnebres y retorcidos que no entendían algo tan simple como romper las superficialidades para sincerar el corazón, bañándolo con el rocío de las rosas. Limpio… o armoniosamente rosado.

¡Pero qué crueldad aquella! ¡¿Qué no lo sabía?! ¿Lo desconocía?... ¡Cada vez que los defectos resaltaban desnudos ante el mundo, este lo devoraba con su frívola maldad hasta dejar a aquella pobre alma desamparada, corrompida y asquerosa! ¡No, no lo hagas! ¡Todos lo han de señalar, se reirán! ¡Se reirán para desviar sus míseras! ¡Para huir de sus propios defectos, de su propia tristeza!



Mis queridos niños caen desfallecidos como muñecos a los que sus cuerdas cedieron podridas.

Sólo el espejo les reveló algunos indicios de oscuridad… pero la verdadera oscuridad se mecía en lo más profundo de sus despreocupados corazones. La oscuridad se la pasaba todo el tiempo teniendo sexo con el sufrimiento, la ansiedad, la negación… pero sólo amaba los delgados hilos resplandecientes de la luz que nunca sería capaz de ver.

Tal vez entre gemidos recordaba su nombre.

…Y tal vez durante las noches en la que la soledad lo acompañaba, sólo a ella le confiaba sus sentimientos, pues sabía que la soledad tenía por cualidad no confiar en nadie más que en la oscuridad.

Pero aquella voz seguía ahí… quería saber más, quería romper más rostros falsos que se patentaban con la imaginación y las horas practicadas de actuación.

Era cierto que cuando limpiaba mi escritorio, me asaltó aquel ser desconocido, me secuestro, y me puso un corazón que sólo funcionaba a base de bombones llenos de licor y chocolates amargos. No me di cuenta de aquel suceso hasta que el tercer día me tropecé mientras bajaba del transporte público y de mis mejillas fluía un líquido marrón con olor a tequila.

Desde ese entonces la voz emergía y me susurraba las sucias verdades de mis oyentes y hablantes.

Error fue el mío, cuando advertí que en todo ese tiempo yo repetía en voz alta lo que me susurraba.

Fue así como los llantos azotaron mis oídos, las palabras tajaban contra mi piel hasta deshidratarla, los puños llovían hasta dejarme fósil y enterrado bajo tierra.

Nunca me disculpe o pedí perdón, precisamente porque la culpa eclipsaba cuando la empatía perecía enferma después de tanto uso.

¿Pero se debe buscar culpable cuando se huye detrás de la burla, las quejas y la autocompasión; mientras que nuestros monstruosos pecados crean más monstruos en nuestras víctimas?

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