jueves, 5 de noviembre de 2009

-¡"El vagabundo"!- Grité.

El vagabundo.




¿Qué hacer cuando estamos entre las sombras y la luz?

Fuimos paralizados por un desacierto sentimiento de terror, una silueta grande y majestuosa emergía del cultivo de muertos.

Su cara se veía tan pálida por debajo del pedazo de tela oscuro, juraría que flotaba.

Sus cuencas vacías hablaban de dos ojos ancestrales que observaban con cautela.

El tiempo no marchitó aquella arma que se mecía incitante a nuestras miradas, resplandeciendo con malignidad y angustia bajo una luna panzona.

¿Vienes por mi… a matarme?

Mi voz quebró temerosa cuando supe lo que esta presencia significaba; las manos y las piernas temblaban cuales fideos, el sudor frío me ponía enfermo y mis pulsaciones aumentaban catastróficamente.

La muerte quedó quieta, sin enmendar palabra o gesto. Sin un rostro de carne, parecía un frívolo ser sin sentimientos ni preocupaciones. Crujió su mandíbula suavemente.

Querido muchacho, tu ya estás muerto… yo sólo vine para llevarte al mundo de los muertos

El tono amable de su voz contradecía su apariencia fantasmal.

Una carcajada resonó entre las tumbas del cementerio.

Vamos muchacho, que no tengo tiempo para conversaciones triviales. Toda tu familia te espera en el otro lado, tu eres el único que me falta

Me sobresalté. Torcí mi rostro en el escepticismo y la confusión.

¿A qué viene esa cara? No deberías olvidar las cosas importantes… Yo te he estado visitando desde hace 100 años, y tú aun te has estado negando a seguirme. Es normal que en ese tiempo ya todos los que conoces se hayan muerto; incluso las almas que estaban ya se han ido, para buscar la paz eterna

El cielo de la noche carcajeó junto con la muerte, los cuervos hablaban y hablaban sin cesar, las larvas se regocijaban en la carne podrida y las piedras comenzaban a agrietarse.

Pero el cementerio, la noche, los cuervos y la muerte desaparecieron cuando su guadaña atravesó mí traslucido cuerpo.



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